Unos cuantos años y demasiados millones de euros después de lo anunciado, el Museo Balenciaga ha abierto al fin sus puertas en Getaria, el pueblo vasco donde nació el gran maestro de la alta costura. Con su inauguración la cultura española salda una deuda histórica con un creador de moda cuya figura no deja de agrandarse con el tiempo, referente absoluto de una forma de hacer y de entender la moda para muchos definitivamente perdida.
El continente del Museo conjuga la elegancia decimonónica del Palacio de Aldamar con la nítida vanguardia del nuevo edificio anexado a éste y diseñado por el estudio de arquitectos AV62. El contenido de sus 10.000 metros cuadrados de exposición está conformado por una selección rotativa de 90 prendas seleccionadas entre los 1.200 originales que en su día vistieron Grace Kelly, Fabiola de Bélgica o Monna Bismarck.
La vigencia estética y la perfección técnica de los diseños de Balenciaga se muestra aquí racionalmente tematizada en secciones tituladas someramente 'Comienzos', 'Día', 'Cóctel', 'Noche', 'Novia' y 'Balenciaga esencial'. Es en esta última donde se agrupan los grandes hitos de una carrera caracterizada por el rigor arquitectónico y la máxima depuración de unos diseños insólitamente atemporales, aunque impregnados del casi fanático virtuosismo que caracterizó la edad de oro de la alta costura en las décadas de los 50 y los 60 del pasado siglo.
El recelo de Balenciaga hacia la vida pública, su abandono del oficio tras la irrupción del enfoque industrial del pret-a-porter, la devoción incondicional de sus clientas y la rendida admiración hacia él de todos los grandes talentos de la moda a través de las décadas siguen contagiando de emoción el recuerdo del genio fallecido en 1972.
Conscientes de estar clausurando al fin la escandalosa sucesión de despropósitos que ha enturbiado el proceso de construcción del Museo -tan impropia en memoria de una personalidad tan sobria y discreta como la de Cristóbal Balenciaga-, los responsables de la Fundación que vela por su memoria paseaban orgullosos durante la inauguración presidida por la Reina Doña Sofía.
Allí estaban primeras espadas de la Fundación Balenciaga como Hubert de Givenchy y Sonsoles Díez de Rivera, junto a representantes de la moda española como Enrique Loewe, Francis Montesinos, Amaya Arzuaga, Miriam Ocariz o Ion Fiz.
Desde hoy, será más difícil olvidar que la casa de moda más ilustre del mundo tuvo un día apellido español.