26 / Feb / 2010
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Belleza


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Balenciaga: "LE DIX" REDUX

Jaume Vidiella

Balenciaga estrena su primer perfume bajo la dirección de Nicolas Ghesquière, cerrando así un circulo en una de las firmas más decisivas de los últimos años.

Cuando a finales de los 90 la firma decid nombrar a Ghèsquire como director creativo, su máximo interés era devolver cierta repercusión mediática a un nombre que, aunque fundamental en la historia de la moda, había sido olvidado por el gran público; además, los productos disponibles en el mercado carecían de interés y estilo. El éxito de Gesquière desde su primera colección fue no sólo muy notable, sino que además utilizó la fórmula de reanimar cadáveres de alta costura: le funcionó muy bien y así hasta hoy.

Nicolas aprovechó el saber hacer de una casa mítica, que lo inventó casi todo en su época y que además de una resolución pluscuamperfecta ofrecía conceptualmente soluciones que se convirtieron el base del trabajo de futuras generaciones. A todo eso sumó su propio mundo, las referencias a la ciencia ficción y su muy poco probable futuro: la robótica, la manipulación tecnológica, el freakismo agresivo, y la belleza de una nueva parisina sensualmente grunge, frágil y combativa.

Ese contraste entre lo intelectualmente complejo y la sencillez de un rostro limpio propia del Balenciaga actual se ha diluido en su primer perfume –un homenaje a Le Dix, el primer perfume de la casa (1946), un hit hoy trasnochado que necesitaba una profunda revisión–. Como el antiguo, la base del nuevo perfume son las violetas acompañadas por maderas como el cedro y otras notas vegetales como el clavel y el pachuli. Un aroma muy femenino, muy francés de los ochenta, creado por Oliver Polge (responsable también de Dior Homme y Eau Mega de Víctor & Rolf) y producido y distribuido por Coty (productor de los perfumes de Marc Jacobs y Jil Sander).

El frasco de líneas puras y asimétricas recuerda a las siluetas creadas por el genio vasco y tiene el toque ultramoderno de Dominique Gonzalez-Foerster, artista creadora de los espectaculares espacios de la marca en las principales ciudades. El tapón evoca la porcelana antigua ajada por el tiempo.

La pena es que toda la radicalidad de la marca, toda su agresividad sofisticada, se pierde en un producto que no pretende únicamente llegar a algunos privilegiados como lo hace Ghesquière, sino que aspira a una distribución masiva. Para ello utiliza la excusa de la inspiración española y presenta a Charlotte Gainsbourg –amiga intima de Nicolas e icono de a modernidad francesa– fotografiada por Steven Meisel y descaradamente retocada para que parezca dulce y guapa al uso, relajada en un jardín español. Ya se sabe, en momentos tan poco propicios para los riesgos vence lo más conservador, aunque la marca –ahora sí– está totalmente completa y renovada.

 

 

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