La diseñadora no abandona la pasarela Cibeles, pero vuela cada vez más alto.
Amaya Arzuaga es a la moda lo que Picasso a la pintura: a los dos les costó mucho entrar en este mundo, a los dos les costó que les comprendiera una sociedad de ideas muy cuadriculadas y a ambos les define un estilo muy personal con una alta dosis de irreverencia que, en el caso de ella, hace que su particular cubismo se torne en una tercera dimension y posea a los cuerpos de clientas avidas de modernidad sin más, en bruto, de forma abrupta, sin elegancias pasadas ni tematicas empolvadas, haciendo que el cuerpo adquiera nuevas y sinuosas formas muy apreciadas tanto por estilistas como por la gente que está harta de los conceptos retro y vintage a los que estamos constantemente sometidos y que -a dios pongo por testigo - algún día pasarán.
Esta vez se marcha a Paris, quizá para demostrar a los parisinos que no sólo ellos y sus diseñadores belgas y japoneses tienen el poder de la modernidad. Esta vez va a demostrar a todos con su forma de ver la moda que, al igual que Davidelfin, se puede y se debe enseñar el diseño español - no todo - de la mejor forma que sea posible y París, en este caso, bien merece un desfile.