Parece que la hiperoxigenada cabeza de la Medusa (alias Donatella) no levanta el vuelo.
Sus intentos por sobrevivir se basan en desmontar el horterismo identidad de una casa llena de referencias al arte del renacimiento y mezclas insólitas –mezclas que ni siquiera Cavalli ha sido capaz de superar– para luego transformarlo en una amalgama de ideas que nunca han cuajado a pesar de la profesionalidad demostrada por alguien que se toma muy en serio su trabajo. El objetivo es renovarse sin morir en el intento, aunque sea mediante los intentos frustrados de incluir unos cuantos trajes de alta costura, muy moderna y muy patron desestructurado y con un montón de celebrities andando como locas por la alfombra roja dispuestas a brillar con sus propuestas pero con mucha escasez de creatividad, pero no de creatividad como tal sino de la desbordante creatividad de un Gianni capaz de sacar lo mejor de Cortney Love con apenas unos gramos de saten blanco.
¿Qué es lo que puede ocurrir en una casa con los sólidos cimientos construidos a base de la trayectoria llena de éxitos como la de Versace? ¿Todos los cambios son buenos? Cuando algo empieza a apagar su luz, ¿es mejor apagarla del todo?
Parece que solamente se ven los daños que se causaran tras los cientos de despidos, los cierres de varias tiendas y los recortes en los presupuestos, parece que solamente es una empresa más la que se echa las manos a cabeza y se lamenta como otras tantas... pero esto es algo más. Es un reflejo del hartazgo de la sociedad cansada y polisaturada del brillo y el barro de la gastada alfombra roja, la repetición y el bombardeo continuo de unos productos que brillan al son de sus pilas gastadas y el maldito dinero que ni da la felicidad ni hace que te labres un futuro tan brillante como el que se nos había prometido.